lunes, 17 de julio de 2017

Ritual de la dedicación de iglesias y de altares (29-mayo-1977)

Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, 29 de mayo de 1977

COMISIÓN EPISCOPAL DE LITURGIA
PRESENTACIÓN


Con este Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares se completa la revisión de todos los rituales, conforme a la renovación litúrgica pro­pugnada por el Concilio Vaticano II. Para ser fieles al principio de que «los ritos deben resplandecer por su noble sencillez; deben ser breves, claros, evitando las repeticiones inútiles, y, en general, no deben tener necesidad de muchas explicaciones», este Ritual necesitaba una profun­da revisión. La dedicación de una iglesia suponía, en otros tiempos, tal despliegue de elementos, una preparación tan costosa y complicada, una complejidad de ritos y una duración tan desmesuradas, que había lle­gado a ser algo anormal, prefiriéndose casi siempre, a la hora de elegir, la simple bendición. Aunque en la revisión de 1961 se había simplifica­do notablemente el rito, evitando las repeticiones, la verdadera reforma se ha realizado con el nuevo Ordo dedicationis ecclesiae et altaris de 1977.

El rito actual sobresale por su estructura modélica, dentro de la celebración eucarística, con una línea litúrgica muy clara, sobria y ló­gica, según la tradición romana y conforme a la restauración litúrgica del Vaticano II. Se ha querido destacar que la iglesia-edificio representa y significa la Iglesia-asamblea, formada por «piedras vivas», que son los cristianos, consagrados a Dios por su bautismo. La iglesia-edificio no es sólo la morada de Dios: la mesa del altar y la fuente bautismal; el sagrario y el cofre de las reliquias de los santos, las imágenes, y, sobre todo, la palabra que se proclama y la acción sacramental que se celebra.

La inauguración de la iglesia supone para la comunidad cristiana local el coronamiento de una larga empresa de esfuerzos compartidos por todos. Es un día de fiesta popular, que no puede pasar desapercibi­da, sino que debe marcar un hito importante en la vida eclesial de la co­munidad, en la cual todos se sienten y participan como «piedras vivas», según la diversidad de órdenes y funciones, por la oración, el servicio y el testimonio. Y el aniversario de la Dedicación debe aprovecharse para una concienciación más responsable del papel activo que todos tenemos en la Iglesia.

El nuevo Ordo dedicationis ecclesice et áltaris, puesto ahora a dis­posición de todos en lengua vernácula, y que podrá ser utilizado desde el momento mismo de su publicación, no es un libro destinado únicamente al Obispo oficiante y a los ministros que tienen que preparar el rito sino a todos los fieles; debe ser un texto que siempre se tenga a la vista; y, a partir de sus oraciones y símbolos, se debe realizar la formación y pastoral de «Iglesia».

Madrid, 9 de noviembre de 1978, fiesta de la Dedicación de la basílica de Letrán.

+ Narciso Card. Jubany Arnau
Arzobispo de Barcelona Presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia

SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LOS SACRAMENTOS Y EL CULTO DIVINO
Prot. n. CD 300/77

DECRETO

El rito de la dedicación de iglesias y de altares es, con razón, una de las más solemnes acciones litúrgicas. El lugar donde la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, elevar preces de intercesión y de alabanza a Dios, y, principalmente, para celebrar los sagrados misterios, y donde se reserva el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, es imagen peculiar de la Iglesia, templo de Dios, edificado con piedras vivas; también el altar, que el pueblo santo rodea para participar del sacrificio del Señor y alimentarse con el banquete ce­leste, es signo de Cristo, sacerdote, hostia y altar de su mismo sacri­ficio.

Estos ritos, que se encuentran en el segundo libro del Pontifical Romano, fueron revisados y simplificados el año 1961. Sin embargo, en atención a las normas para la instauración de la liturgia, que el Concilio Vaticano II suscitó y favoreció, fue necesario examinar de nuevo el rito para adaptarlo a las condiciones de nuestro tiempo.

El Sumo Pontífice Pablo VI aprobó, con su autoridad, el nuevo Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares, preparado por la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, y mandó que fuera divulgado, determinando que sustituyese, en su lugar, a los ritos que están en el segundo libro del Pontifical Romano.

Por lo cual, esta Sagrada Congregación, por mandato del Sumo Pontífice, publica este Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares que, en lengua latina, empieza a tener vigencia inmediatamente, pero, en las lenguas vernáculas, después que las versiones hayan sido confir­madas y aprobadas por la Sede Apostólica, en el día en que las Con­ferencias Episcopales lo establecieran.

Sin que obste nada en contrario.
En la sede de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, día 29 de marzo de 1977, domingo de Pentecostés.

Jacobo R. Card. Knox
prefecto

+ Antonio Innocenti
Arzobispo titular de Eclano
Secretario

SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LOS SACRAMENTOS Y EL CULTO DIVINO
Prot. CD 1080/78

A LAS DIÓCESIS DE ESPAÑA

A instancias del Eminentísimo Señor Cardenal Narciso Jubany Arnau. Arzobispo de Barcelona y Presidente de la Comisión de liturgia de la Conferencia Episcopal Española, en carta de fecha del 11 de octubre de 1978, y en virtud de las facultades concedidas a esta Sagrada Congre­gación por el Sumo Pontífice Juan Pablo II, gustosamente aprobamos y confirmamos la versión española del Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares, según consta en el adjunto ejemplar.

En la impresión del texto hágase mención de la confirmación conce­dida por la Sede Apostólica. De la edición impresa envíense dos ejempla­res a esta Sagrada Congregación.

Sin que obste nada en contrario.
En la sede de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, día 26 de octubre de 1978.

Virgilio Noé
Secretario A.

L. Alessio
Subsecretario

CAPÍTULO I. COLOCACIÓN DE LA PRIMERA PIEDRA O COMIENZO DE LA CONSTRUCCIÓN DE UNA IGLESIA

NORMAS GENERALES


1. Cuando se empieza la construcción de una nueva iglesia conviene celebrar un rito para implorar la bendición de Dios sobre la obra y para recordar a los fieles que el edificio de piedras materiales es signo visible de aquella Iglesia viva o edificación de Dios for­mada por ellos mismos (1).

Según el uso litúrgico, este rito consta de bendición del terreno de la nueva iglesia y de bendición y colocación de la primera piedra.

Si por alguna razón de tipo artístico o estructural no se coloca la primera piedra, con­viene, con todo, celebrar el rito de bendición del terreno de la nueva iglesia, para con­sagrar a Dios el comienzo de la obra.

2. El rito de colocación de la primera piedra o del comienzo de la nueva iglesia puede rea­lizarse en cualquier día y hora, excepto en el Triduo pascual, pero se escogerá un día de gran afluencia de fieles.

3. Conviene que el obispo diocesano celebre el rito. Si él no puede hacerlo, encomendará este oficio a otro obispo o presbítero, sobre todo al que tenga como asociado y colabo­rador en el cuidado pastoral de la diócesis o de la comunidad para la cual se edifica la Iglesia.

4. Se avisará con tiempo a los fieles el día y la hora de la celebración, y el párroco u otros encargados de ello los instruirán sobre el sentido del rito y sobre la veneración que merece la iglesia que para ellos se construye. Conviene invitar también a los fieles a que ayuden gustosamente en la construcción de la iglesia.

5. En cuanto sea posible, procúrese que el terreno de la futura iglesia esté bien delimi­tado y que se pueda circundar.

6. En el lugar del futuro altar se clavará una cruz de madera de altura conveniente.

7. Para este rito se preparará lo siguiente:
a) el Pontifical romano y el Leccionario;
b) la sede para el obispo;
c) la primera piedra, si es del caso, la cual, según costum­bre, será cuadrada y angular; además el cemento y las herramientas para colocar la piedra en los cimientos;
d) agua bendita con el hisopo;
e) el incensario y la naveta;
f) la cruz procesional y los ciriales para los ministros.

Se utilizará un buen equipo de sonido, para que el pueblo congregado pueda oír fácil­mente las lecturas, oraciones y moniciones.

8. Se usarán vestiduras de color blanco o festivo:
a) para el obispo: alba, estola, capa pluvial, mitra y báculo;
b) para el presbítero, si es él quien preside la celebración: alba, estola y capa pluvial;
c) para los diáconos: alba, estola y, si se quiere, la dalmáti­ca ;
d) para los demás ministros: alba u otras vestiduras legítimamente aprobadas.

(1) Cf, I Co 3, 9; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, num. 6.


CAPÍTULO II. DEDICACIÓN DE UNA IGLESIA

INTRODUCCIÓN

I. NATURALEZA Y DIGNIDAD DE LAS IGLESIAS

1. Cristo, por su muerte y resurrección, se convirtió en el verdadero y per­fecto templo de la nueva Alianza (2) y reunió al pueblo adquirido por Dios. Este pueblo santo, unificado por virtud y a imagen del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es la Iglesia (3), o sea, el templo de Dios edificado con piedras vivas, donde se da culto al Padre con espíritu y verdad (4).

Con razón, pues, desde muy antiguo se llamó «iglesia» el edificio en el cual la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, para orar unida, para recibir los sacramentos y celebrar la eucaristía.

2. Por el hecho de ser un edificio visible, esta casa es un signo peculiar de la Iglesia que peregrina en la tierra e imagen de la Iglesia celestial.

Y porque la iglesia se construye como edificio destinado de manera fija y exclusiva a reunir al pueblo de Dios y celebrar los sagrados misterios, con­viene dedicarla al Señor con un rito solemne, según la antiquísima costum­bre de la Iglesia.

3. La iglesia, como lo exige su naturaleza, debe ser apta para las celebracio­nes sagradas, hermosa, con una noble belleza que no consista únicamente en la suntuosidad, y ha de ser un auténtico símbolo y signo de las realida­des sobrenaturales. «La disposición general del edificio sagrado conviene que se haga de tal manera que sea como una imagen de la asamblea reuni­da, que consienta un proporcionado orden de todas sus partes y que favo­rezca la perfecta ejecución de cada uno de los ministerios.» En lo que se refiere al presbiterio, el altar, la sede, el ambón y el lugar de la reserva del Santísimo Sacramento, se observará lo prescrito por las normas que esta­blece la Ordenación general del Misal romano (5).

Se observará también cuidadosamente lo pertinente a las cosas y luga­res destinados a los demás sacramentos, especialmente al bautismo y la pe­nitencia (6).

2 Cf. Jn 2, 21.
3 Cf. S. Cipriano, Sobre la oración del Señor, 23: PL 4, 553; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, ntm, 4.
4 Cf. Jn4, 23.
5 Cf. Ordenación general del Misal romano, núms. 253. 257. 258. 259-267. 271. 272. 276-277. Cf. Ritual romano: La sagrada comunión y el culto del misterio eucarístico fuera de la misa, núms. 6 y 9-11.
6 Cf. Ritual romano: Bautismo de los niños, núm. 25; Ritual romano: Penitencia, núm. 12.

II. TITULAR DE LA IGLESIA Y LAS RELIQUIAS DE SANTOS QUE EN ELLA SE COLOCAN

4. Toda iglesia que se dedica debe tener un titular. Pueden figurar, para ello: la Santísima Trinidad; nuestro Señor Jesucristo, bajo la invocación de un misterio de su vida o de un nombre ya introducido en la liturgia; el Es­píritu Santo; la Virgen María, bajo una de las advocaciones admitidas en la liturgia; los santos ángeles; finalmente, los santos que figuran en el Martirologio romano o en su Apéndice debidamente aprobado. Para los bea­tos se requiere indulto de la Sede apostólica. El titular de la iglesia será uno solo, a no ser que se trate de santos que aparecen unidos en el calen­dario.

5. Es oportuno conservar la tradición de la liturgia romana de colocar reli­quias de mártires o de otros santos debajo del altar (7). Pero se tendrá en cuenta lo siguiente:

a) Las reliquias deben evidenciar, por su tamaño, que se trata de par­tes de un cuerpo humano. Se evitará, por tanto, colocar partículas pequeñas.

b) Debe averiguarse, con la mayor diligencia, la autenticidad de dichas reliquias. Es preferible dedicar el altar sin reliquias que colocar reliquias dudosas.

c) El cofre con las reliquias no se colocará ni sobre el altar, ni dentro de la mesa del mismo, sino debajo de la mesa; teniendo en cuenta la forma del altar.

7 Cf. Ordenación general del Misal romano, núm. 266. 


III. CELEBRACIÓN DE LA DEDICACIÓN

Ministro del rito


6. Es competencia del obispo, que tiene encomendado el cuidado pastoral de la Iglesia particular, dedicar a Dios las nuevas iglesias construidas en su diócesis.

Pero, si él no puede presidir el rito, confiará este oficio a otro obispo, en particular a quien tuviere como asociado y colaborador en el cuidado pastoral de los fieles para quienes se construye la nueva iglesia; en circuns­tancias especialísimas, puede dar un mandato especial para ello a un pres­bítero.

Elección del día

7. Para dedicar una nueva iglesia se elegirá un día en que sea posible gran asistencia de fieles, sobre todo el domingo. Y, puesto que en este rito el sen­tido de la dedicación lo invade todo, no se puede realizar aquellos días en que no conviene en modo alguno dejar de lado el misterio que se conmemo­ra: Semana santa, Natividad del Señor, Epifanía, Ascensión, Pentecostés, Miércoles de ceniza y Conmemoración de todos los fieles difuntos.

Misa de la dedicación

8. La celebración de la misa está íntimamente ligada al rito de la dedica­ción; por lo tanto, en lugar de los textos del día, se utilizarán los textos pro­pios, tanto para la liturgia de la palabra como para la liturgia eucarística.

9. Conviene que el obispo concelebre con los presbíteros que con él coope­ran en la ejecución de los ritos de la dedicación y con los responsables de la parroquia o de la comunidad para la cual se ha construido la iglesia.

Oficio de la dedicación

10. El día de la dedicación de una iglesia se ha de considerar como solemni­dad en la misma iglesia que se dedica.

Se celebra el Oficio de la dedicación de la iglesia, que empieza con las primeras Vísperas. Si se van a colocar reliquias debajo del altar, es muy conveniente celebrar una Vigilia junto á las reliquias del mártir o santo, lo cual se puede hacer muy bien celebrando el Oficio de lectura, tomado del Co­mún o del Propio conveniente. Para favorecer la participación del pueblo, se adaptará la Vigilia, según las normas de la Ordenación general de la Li­turgia de las Horas (8).


8 Cf. Ordenación general de la liturgia de las Horas, núms. 70-73.