domingo, 3 de septiembre de 2017

Domingo 8 octubre 2017, XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A.

SOBRE LITURGIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA 68 SEMANA LITÚRGICA NACIONAL ITALIANA
Jueves 24 de agosto de 2017


Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Os doy la bienvenida a todos vosotros y doy las gracias al presidente, su excelencia monseñor Claudio Maniago, por las palabras con las que ha presentado esta Semana Litúrgica Nacional, tras 70 años del nacimiento del Centro de Acción Litúrgica.

Este arco de tiempo es un periodo en el que, en la historia de la Iglesia y, en particular, en la historia de la liturgia, han sucedido eventos sustanciales y no superficiales. Como no se podrá olvidar el Concilio Vaticano II, así será recordada la reforma litúrgica que surgió de él.

Son dos eventos directamente unidos, el Concilio y la reforma, no surgidos improvisadamente sino preparados durante mucho tiempo. Lo testimonia el que fue llamado movimiento litúrgico, y las respuestas dadas por los Sumos Pontífices a las dificultades percibidas en la oración eclesial; cuando se ve una necesidad, aunque si no es inmediata la solución, está la necesidad de empezar.

Pienso en san Pío X que dispuso una reordenación de la música sagrada [1] y la restauración de la celebración del domingo [2], e instituyó una comisión para la reforma general de la liturgia, consciente de lo que implicaría «un trabajo tan grande como diuturno; y por eso —como él mismo reconocía— es necesario que pasen muchos años, antes que este, por así decir, edificio litúrgico […] reaparezca de nuevo resplandeciente en su dignidad y armonía, una vez que haya sido limpiado de la desolación del envejecimiento» [3].

El proyecto reformador fue retomado por Pío XII con la encíclica Mediator Dei  [4] y la institución de una comisión de estudio [5]; también él tomó decisiones concretas sobre la versión del Salterio [6], la atenuación del ayuno eucarístico, el uso de la lengua viva en el Ritual, la reforma importante de la Vigilia Pascual y la Semana Santa [7]. De este impulso, con el ejemplo de otras naciones, surgió en Italia el Centro de Acción Litúrgica, guiado por obispos preocupados por el pueblo encomendado a ellos y animado por estudiosos que amaban la Iglesia además de la pastoral litúrgica.

El Concilio Vaticano II hizo madurar, como buen fruto del árbol de la Iglesia, la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC), cuyas líneas de reforma general respondían a necesidades reales y a la concreta esperanza de una renovación: se deseaba una liturgia viva para un Iglesia completamente vivificada por los misterios celebrados. Se trataba de expresar de forma renovada la perenne vitalidad de la Iglesia en oración, teniendo cuidado para que «los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente» (SC, 48). Lo recordaba el beato Pablo VI al explicar los primeros pasos de la reforma anunciada: «Está bien que se vea cómo es precisamente la autoridad de la Iglesia que quiere promover, encender esta nueva forma de rezar, dando así mayor incremento a su misión espiritual […]; y nosotros no debemos dudar en hacernos primero discípulos y después seguidores de la escuela de oración, que va a empezar» [8]. La dirección marcada por el Concilio encontró forma, según el principio del respeto de la sana tradición y del legítimo progreso (cf SC, 23) [9], en los libros litúrgicos promulgados por el beato Pablo VI, bien acogidos por los mismos obispos que estuvieron presentes en el Concilio, y después de casi 50 años universalmente en uso en el Rito Romano. La aplicación práctica, guiada por las Conferencias Episcopales para los respectivos países, se está realizando todavía, ya que no basta reformar los libros litúrgicos para renovar la mentalidad. Los libros reformados por norma de los decretos del Vaticano II han incluido un proceso que requiere tiempo, recepción fiel, obediencia práctica, sabia actuación celebrativa por parte, primero, de los ministros ordenados, pero también de los otros ministros, de los cantores y de todos aquellos que participan en la liturgia. Realmente, lo sabemos, la educación litúrgica de pastores y fieles es un desafío para afrontar siempre nuevo. El mismo Pablo VI, un año antes de morir, decía a los cardenales reunidos en Consistorio: «Ha llegado el momento, ahora, de dejar caer definitivamente los fermentos que separan, igualmente perniciosos en un sentido y en otro, y aplicar integralmente en sus justos criterios inspiradores, la reforma aprobada por nosotros aplicando los votos del Concilio» [10].

Y hoy todavía hay que trabajar en esta dirección, en particular redescubriendo los motivos de las decisiones cumplidas con la reforma litúrgica, superando lecturas infundadas y superficiales, recepciones parciales y praxis que la desfiguran. No se trata de repensar la reforma revisando las elecciones, sino de conocer mejor las razones subyacentes, también a través de la documentación histórica, como de interiorizar los principios inspiradores y de observar la disciplina que la regula. Después de este magisterio, después de este largo camino podemos afirmar con seguridad y con autoridad magisterial que la reforma litúrgica es irreversible.

La tarea de promover y custodiar la liturgia está encomendada por el derecho a la Sede Apostólica y a los obispos diocesanos, con cuya responsabilidad y autoridad cuenta mucho en el momento presente; están implicados también los organismos nacionales y diocesanos de pastoral litúrgica, los Institutos de formación y los seminarios. En este ámbito formativo se ha distinguido, en Italia, el Centro de Acción Litúrgica con sus iniciativas, entre las cuales, la anual Semana Litúrgica.

Después de haber recorrido con la memoria este camino, quisiera ahora tocar algunos aspectos a la luz del tema sobre el que habéis reflexionado en estos días, es decir: «Una Liturgia viva para una Iglesia viva».

La liturgia está «viva» por la presencia viva de Aquel que «muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró nuestra vida» (Prefacio pascual I). Sin la presencia real del misterio de Cristo, no hay ninguna vitalidad litúrgica. Como sin latir del corazón no hay vida humana, así sin el corazón latente de Cristo no existe acción litúrgica. Lo que define la liturgia es, de hecho, la realización, en los santos signos, del sacerdocio de Jesucristo, o sea la ofrenda de su vida hasta extender los brazos en la cruz, sacerdocio hecho presente de forma constante a través de los ritos y las oraciones, sobre todo en su Cuerpo y Sangre, pero también en la persona del sacerdote, en la proclamación de la Palabra de Dios, en la asamblea reunida en oración en su nombre (cf SC, 7). Entre los signos visibles del invisible Misterio está el altar, signo de Cristo piedra viva, descartada por los hombres pero convertida en piedra angular del edificio espiritual en el que viene ofrecido al Dios viviente el culto en espíritu y verdad (cf 1 Pedro 2, 4; Efesios 2, 20). Por eso el altar, centro hacia el cual en nuestras iglesias converge la atención [11], es dedicado, ungido con el crisma, incensado, besado, venerado: hacia el altar se orienta la mirada de los orantes, sacerdote y fiel, convocados por la santa asamblea entorno a él [12]; sobre el altar se pone la ofrenda de la Iglesia que el Espíritu consagra sacramento del sacrificio de Cristo; del altar salen el pan de la vida y el cáliz de la salvación «formemos en Cristo un sólo cuerpo y un sólo espíritu» (Oración eucarística III).

La liturgia es vida para todo el pueblo de la Iglesia [13]. Por su naturaleza la liturgia es de hecho «popular» y no clerical, siendo —como enseña la etimología— una acción para el pueblo, pero también del pueblo. Como recuerdan muchas oraciones litúrgicas, es la acción que Dios mismo cumple a favor de su pueblo, pero también la acción del pueblo que escucha a Dios que habla y reacciona alabándolo, invocándolo, acogiendo la inagotable fuente de vida y de misericordia que fluye de los santos signos. La Iglesia en oración recoge a todos aquellos que tienen el corazón en escucha del Evangelio, sin descartar a nadie: son convocados pequeños y grandes, ricos y pobres, niños y ancianos, sanos y enfermos, justos y pecadores. A imagen de la «inmensa multitud» que celebra la liturgia en el santuario del cielo (cf Apocalipsis 7, 9), la asamblea litúrgica supera, en Cristo, todo confín de edad, raza, lengua y nación. El ámbito «popular» de la liturgia nos recuerda que esta es inclusiva y no exclusiva, defensora de comunión con todos sin homologar, ya que llama a cada uno, con su vocación y originalidad, para contribuir a edificar el cuerpo de Cristo: «La Eucaristía no es un sacramento “para mí”, es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo, el santo pueblo fiel de Dios» [14]. No debemos olvidar, por tanto, que es sobre todo la liturgia quien expresa la pietas de todo el pueblo de Dios, prolongada después por píos ejercicios y devociones que conocemos con el nombre de piedad popular, para valorar y animar en armonía con la liturgia [15].

La liturgia es vida y no una idea para entender. Lleva de hecho a vivir una experiencia de iniciación, es decir, transformativa en la forma de pensar y de comportarse, y no para enriquecer el propio bagaje de ideas sobre Dios. El culto litúrgico «no es ante todo una doctrina que se debe comprender, o un rito que hay que cumplir; es naturalmente también esto pero de otra forma, es esencialmente distinto: es una fuente de vida y de luz para nuestro camino de fe» [16]. Las reflexiones espirituales son algo diferente de la liturgia, la cual «es precisamente entrar en el misterio de Dios; dejarse llevar al misterio y ser en el misterio» [17]. Hay una bonita diferencia entre decir que existe Dios y sentir que Dios nos ama, así como somos, aquí y ahora. En la oración litúrgica experimentamos el significado de la comunión no por un pensamiento abstracto sino por una acción que tiene por agentes Dios y nosotros, Cristo y la Iglesia [18]. Los ritos y las oraciones (cf SC, 48), por lo que son y no por las explicaciones que damos, se convierten en una escuela de vida cristiana, abierta a los que tienen oídos, ojos y corazón abiertos para aprender la vocación y la misión de los discípulos de Jesús. Esto está en línea con la catequesis mistagógica practicada por los Padres, retomada también por el Catecismo de la Iglesia Católica que trata de la liturgia, de la Eucaristía y de los otros Sacramentos a la luz de los textos y de los ritos de los actuales libros litúrgicos.

La Iglesia está realmente viva si, formando un solo ser viviente con Cristo, es portadora de vida, es materna, es misionera, sale al encuentro con el prójimo, dispuesta a servir sin perseguir poderes mundanos que la hacen estéril. Por eso, celebrando los santos misterios recuerda a María, la Virgen del Magnificat, contemplando en Ella «como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser» (SC, 103).

Finalmente, no podemos olvidar que la riqueza de la Iglesia en oración en cuanto «católica» va más allá del Rito Romano, que, aun siento el más extendido, no es el único. La armonía de las tradiciones rituales, de Oriente y de Occidente, por el soplo del mismo Espíritu da voz a la única Iglesia orante por Cristo, con Cristo y en Cristo, para la gloria del Padre y por la salvación del mundo.

Queridos hermanos y hermanas, os doy las gracias por vuestra visita y animo a los responsables del Centro de Acción Litúrgica a proseguir teniendo fe en la inspiración original, la de servir la oración del pueblo santo de Dios. De hecho, el Centro de Acción Litúrgica se ha distinguido siempre por el cuidado prestado a la pastoral litúrgica, siendo fiel a las indicaciones de la Sede Apostólica y de los obispos y gozando de su apoyo. La amplia experiencia de las Semanas Litúrgicas, celebradas en numerosas diócesis de Italia, junto a la revista «Liturgia», ha ayudado a calar la renovación litúrgica en la vida de las parroquias, de los seminarios y de las comunidades religiosas. El cansancio no ha faltado, ¡ni tampoco la alegría! Y aún este compromiso que os pido hoy: ayudar a los ministros ordenados, como los otros ministros, los cantores, los artistas, los músicos, a cooperar para que la liturgia sea «fuente y culmen de la vitalidad de la Iglesia» (cf SC, 10). Os pido por favor que recéis por mí y os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

[1] Cf Motu proprio Tra le sollecitudini, 22 de noviembre 1903: ASS 36 (1904), 329-339.
[2] Cf Cost. ap. Divino afflatu, 1 de noviembre 1911: AAS 3 (1911), 633-638.
[3] Motu proprio Abhinc duos annos, 23 de octubre 1913: AAS 5 (1913) 449-450.
[4] 20 de noviembre 1947: AAS 39 (1947) 521-600.
[5] Cf Sacrae Congr. Rituum, Sectio historica, 71, “Memoria sobre la reforma litúrgica” (1946).
[6] Cf Pío XII, Motu proprio In cotidianis precibus, 24 de marzo 1945: AAS 37 (1945) 65-67.
[7] Cf Sacrae Congr. Rituum, Decretum Dominicae Resurrectionis, 9 febrero 1951: AAS 43 (1951) 128-129; Id., Decretum Maxima Redemptionis, 16 de noviembre 1955: AAS 47 (1955) 838-841.
[8] Audiencia general del 13 de enero 1965.
[9] «La reforma de los ritos y de los libros litúrgicos fue emprendida casi inmediatamente después de la promulgación de la Constitución Sacrosanctum Concilium y fue llevada a cabo en pocos años merced al trabajo intenso y desinteresado de un gran número de expertos y de pastores de todo el mundo (cf Sacrosanctum Concilium, 25). Este trabajo fue realizado obedeciendo al principio conciliar: fidelidad a la tradición y apertura al progreso legítimo (cf ibid., 23); por ello, se puede decir que la reforma litúrgica es rigurosamente tradicional “ad normam Sanctorum Patrum” (cf ibid., 50; Institutio generalis Missalis Romani, Proemium, 6)» (Juan Pablo II, Cart. ap. Vicesimus quintus annus, 4).
[10] «Un punto particular de la vida de la Iglesia atrae de nuevo la atención del Papa: los frutos indiscutiblemente benéficos de la reforma litúrgica. Desde la promulgación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium ha tenido un gran progreso, que responde a la premisas puestas por el movimiento litúrgico de la última parte del siglo XIX, ya ha cumplido sus aspiraciones profundas, por las que tanto hombres de Iglesia como estudiosos han trabajado y rezado. El nuevo Rito de la Misa, promulgado por nosotros después de una larga y responsable preparación de los órganos competentes, y en el cual han sido introducidos, junto al Canon Romano, mantenido prácticamente sin cambios, otras eulogías eucarísticas, ha llevado frutos bendecidos: mayor participación en la acción litúrgica; más viva conciencia de la acción sagrada; mayor y más amplia conciencia de los tesoros inexhauribles de la Sagrada Escritura; incremento del sentido comunitario en la Iglesia. El pasar de estos años demuestra que estamos en el camino justo. Pero ha habido, lamentablemente —incluso en la gran mayoría de las fuerzas sanas y buenas del clero y de los fieles— abusos y libertad en la aplicación. Ha llegado el momento, ahora, de dejar caer definitivamente los fermentos que separan, igualmente perniciosos en un sentido y en otro, y aplicar integralmente en sus justos criterios inspiradores, la reforma aprobada por nosotros aplicando los votos del Concilio» (Aloc. Gratias ex animo, 27 de junio 1977: Enseñanzas de Pablo VI, XV [1977], 655-656, en italiano 662-663).
[11] Cf Ordenación general del Misal Romano, n. 299; Rito de la dedicación de un altar, Premisas, nn. 155, 159
[12] «Aquí se prepara la mesa del Señor, en torno a la cual tus hijos, alimentados por el Cuerpo de Cristo, se congregan en una y santa Iglesia» (Tercera edición del Misal Romano en lengua española para España, pag. 990).
[13] «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es “sacramento de unidad”, es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (SC, 26).
[14] Homilía en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, 18 de junio 2017: L’Osservatore Romano, 19-20 junio 2017, pag. 8.
[15] Cf SC, 13; Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 de noviembre 2013, 122-126: AAS 105 (2013), 1071-1073.
[16] Homilía en la S. Misa del III Domingo de Cuaresma, parroquia romana de Ognissanti, 7 de marzo 2015.
[17] Homilía en la Misa en Santa Marta, 10 de febrero 2014.
[18] «Por eso, nos hace tanto bien el memorial eucarístico: no es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de Dios. […] En la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu. Recibiéndola, se imprime en nuestro corazón la certeza de ser amados por él» (Homilía en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: 18 de junio 2017: L’Osservatore Romano, 19-20 de junio de 2017, pag. 8).


CALENDARIO

8 + XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Misa
del Domingo (verde).
MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. dominical.
LECC.: vol. I (A).
- Is 5, 1-7. La viña del Señor del universo es la casa de Israel.
- Sal 79. R. La viña del Señor es la casa de Israel.
- Flp 4, 6-9. Ponedlo por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros.
- Mt 21, 33-43. Arrendará la viña a otros labradores.

Con la parábola de la viña y los labradores perversos en el evangelio de hoy, Jesús presenta la historia de la salvación: cómo el pueblo de Israel, la viña que no dio sus frutos, rechazando a los profetas y, por último, asesinando al hijo del dueño de la viña, el mismo que será crucificado. A partir de ahí, el reino de los cielos será quitado a la casa de Israel y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos, la Iglesia. Pero muchas veces no damos tampoco los cristianos los frutos de buenas obras que el Señor espera de nosotros y estamos como devastados por los enemigos de la fe. Con el salmo pidamos: «Señor, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

* Hoy no se permiten las Misas de difuntos, excepto la exequial.

Liturgia de las Horas: oficio dominical. Te Deum. Comp. Dom. II.

Martirologio: elogs. del 9 de octubre, pág. 601.
CALENDARIOS: Trinitarios: Nuestra Señora del Buen Remedio (S).
Teruel-Albarracín: Aniversario de la muerte de Mons. Juan Ricote Alonso, obispo (1972).

TEXTOS MISA

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINICA XXVII PER ANNUM
Antífona de entrada Cf. Est 4, 17
A tu poder, Señor, está sometido el mundo entero; nadie puede oponerse a ti. Tú creaste el cielo y la tierra y las maravillas todas que existen bajo el cielo. Tú eres Señor del universo.
Antiphona ad introitum Cf. Est 4, 17
In voluntáte tua, Dómine, univérsa sunt pósita, et non est qui possit resístere voluntáti tuae. Tu enim fecísti ómnia, caelum et terram, et univérsa quae caeli ámbitu continéntur; Dóminus universórum tu es.
Se dice Gloria. Dicitur Gloria in excelsis
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, que desbordas con la abundancia de tu amor los méritos y los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que perdones lo que pesa en la conciencia y nos concedas aun aquello que la oración no menciona. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Omnípotens sempitérne Deus, qui abundántia pietátis tuae et mérita súpplicum excédis et vota, effúnde super nos misericórdiam tuam, ut dimíttas quae consciéntia métuit, et adícias quod orátio non praesúmit. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A.

PRIMERA LECTURA Is 5, 1-7
La viña del Señor del universo es la casa de Israel

Lectura del libro de Isaías.

Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña.

Voy a cantar a mi amigo
el canto de mi amado por su viña.
Mi amigo tenía una viña en un fértil collado.
La entrecavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas; construyó en medio una torre y cayó un lagar.
Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones. Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña.
¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones? Pues os hago saber lo que haré con mi viña: quitar su valla y que sirva de leña, derruir su tapia y que sea pisoteada.
La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán, allí crecerán zarzas y cardos,
prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.
La viña del Señor del universo es la casa de Israel y los hombres de Judá su plantel preferido.
Esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20 (R.: Is 5, 7a)
R.
La viña del Señor es la casa de Israel. Vínea Dómini, domus Israel est.

V. Sacaste una vid de Egipto,
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste.
Extendió sus sarmientos hasta el mar,
y sus brotes hasta el Gran Río. R.
La viña del Señor es la casa de Israel. Vínea Dómini, domus Israel est.

V. ¿Por qué has derribado su cerca
para que la saqueen los viandantes,
la pisoteen los jabalíes
y se la coman las alimañas? R.
La viña del Señor es la casa de Israel. Vínea Dómini, domus Israel est.

V. Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó.
y al hijo del hombre que tú has fortalecido. R.
La viña del Señor es la casa de Israel. Vínea Dómini, domus Israel est.

V. No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre.
Señor, Dios del universo, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve. R.
La viña del Señor es la casa de Israel. Vínea Dómini, domus Israel est.

SEGUNDA LECTURA Flp 4, 6-9
P
onedlo por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

Hermanos:
Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.
Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta.
Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra.
Y el Dios de la paz estará con vosotros.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya Cf. Jn 15, 16
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo os he elegido del mundo –dice el Señor– para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. R. Ego vos elégi de mundo ut eátis et fructum afferátis, et fructus vester máneat, dícit Dóminus.

EVANGELIO Mt 21, 33-43
Arrendará la viña a otros labradores
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchad otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cayó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice:
«No habéis leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco
ÁNGELUS, Domingo 5 de octubre de 2014.
Queridos hermanos y hermanas: buenos días.
Esta mañana, con la celebración eucarística en la basílica de San Pedro, hemos inaugurado la Asamblea general extraordinaria del Sínodo de los obispos. Los padres sinodales, provenientes de todas las partes del mundo, vivirán conmigo dos semanas intensas de escucha y discusión, fecundadas por la oración, sobre el tema "Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización".
Hoy la palabra de Dios presenta la imagen de la viña como símbolo del pueblo que el Señor eligió. Como una viña, el pueblo requiere mucho cuidado, requiere un amor paciente y fiel. Así se comporta Dios con nosotros, y así estamos llamados a comportarnos nosotros, los pastores. También cuidar a la familia es un modo de trabajar en la viña del Señor, para que produzca los frutos del reino de Dios (cf. Mt 21, 33-43).
Sin embargo, para que la familia pueda caminar bien, con confianza y esperanza, es necesario que se alimente de la palabra de Dios. Por eso es una feliz coincidencia que precisamente hoy nuestros hermanos paulinos hayan querido hacer una gran distribución de la Biblia aquí, en la plaza, y en muchos otros lugares. Demos gracias a nuestros hermanos paulinos. Lo hacen con ocasión del centenario de su fundación por parte del beato Santiago Alberione, gran apóstol de la comunicación. Entonces, hoy, mientras se inaugura el Sínodo sobre la familia, con la ayuda de los paulinos podemos decir: una Biblia en cada familia. "Pero padre, ya tenemos dos, tres...". ¿Dónde la tenías escondida?... La Biblia no es para ponerla en un anaquel, sino para tenerla al alcance de la mano, para leerla a menudo, todos los días, tanto individual como comunitariamente, marido y mujer, padres e hijos, quizás en la noche, especialmente el domingo. Así, la familia crece, camina con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios.
Esta es la Biblia que os darán los hermanos Paulinos: una para cada familia. Pero estad atentos para no haceros los listos: cogedla con una mano, no con dos, con una mano para llevarla a casa. Invito a todos a apoyar con la oración los trabajos del Sínodo, invocando la intercesión de la Virgen María. En este momento, nos unimos espiritualmente a cuantos, en el santuario de Pompeya, elevan la tradicional "súplica" a la Virgen del Rosario. Que obtenga la paz para las familias y para todo el mundo.

Del Papa Benedicto XVI
ÁNGELUS, Domingo 2 de octubre de 2011
Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de este domingo concluye con una amonestación de Jesús, particularmente severa, dirigida a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos" (Mt 21, 43). Son palabras que hacen pensar en la gran responsabilidad de quien en cada época, está llamado a trabajar en la viña del Señor, especialmente con función de autoridad, e impulsan a renovar la plena fidelidad a Cristo. Él es "la piedra que desecharon los constructores", (cf. Mt 21, 42), porque lo consideraron enemigo de la ley y peligroso para el orden público, pero él mismo, rechazado y crucificado, resucitó, convirtiéndose en la "piedra angular" en la que se pueden apoyar con absoluta seguridad los fundamentos de toda existencia humana y del mundo entero. De esta verdad habla la parábola de los viñadores infieles, a los que un hombre confió su viña para que la cultivaran y recogieran los frutos. El propietario de la viña representa a Dios mismo, mientras que la viña simboliza a su pueblo, así como la vida que él nos da para que, con su gracia y nuestro compromiso, hagamos el bien. San Agustín comenta que "Dios nos cultiva como un campo para hacernos mejores" (Sermo 87, 1, 2: PL 38, 531). Dios tiene un proyecto para sus amigos, pero por desgracia la respuesta del hombre a menudo se orienta a la infidelidad, que se traduce en rechazo. El orgullo y el egoísmo impiden reconocer y acoger incluso el don más valioso de Dios: su Hijo unigénito. En efecto, cuando "les mandó a su hijo –escribe el evangelista Mateo– ... [los labradores] agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron" (Mt 21, 37.39). Dios se pone en nuestras manos, acepta hacerse misterio insondable de debilidad y manifiesta su omnipotencia en la fidelidad a un designio de amor, que al final prevé también el justo castigo para los malvados (cf. Mt 21, 41).
Firmemente anclados en la fe en la piedra angular que es Cristo, permanezcamos en él como el sarmiento que no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid. Solamente en él, por él y con él se edifica la Iglesia, pueblo de la nueva Alianza. Al respecto escribió el siervo de Dios Pablo VI: "El primer fruto de la conciencia profundizada de la Iglesia sobre sí misma es el renovado descubrimiento de su relación vital con Cristo. Cosa conocidísima, pero fundamental, indispensable y nunca bastante sabida, meditada y exaltada". (Enc. Ecclesiam suam, 6 de agosto de 1964: AAS 56 [1964], 622).
Queridos amigos, el Señor está siempre cercano y actúa en la historia de la humanidad, y nos acompaña también con la singular presencia de sus ángeles, que hoy la Iglesia venera como "custodios", es decir, ministros de la divina solicitud por cada hombre. Desde el inicio hasta la hora de la muerte, la vida humana está rodeada de su incesante protección. Y los ángeles forman una corona en torno a la augusta Reina de las Victorias, la santísima Virgen María del Rosario, que en el primer domingo de octubre, precisamente a esta hora, desde el santuario de Pompeya y desde el mundo entero, acoge la súplica ferviente para que sea derrotado el mal y se revele, en plenitud, la bondad de Dios.
Inauguración XII Sínodo de los obispos
Homilía Domingo 5 de octubre de 2008
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, así como la página del evangelio según san Mateo, han propuesto a nuestra asamblea litúrgica una sugestiva imagen alegórica de la Sagrada Escritura: la imagen de la viña, de la que ya hemos oído hablar los domingos precedentes. El pasaje inicial del relato evangélico hace referencia al "cántico de la viña", que encontramos en Isaías. Se trata de un canto ambientado en el contexto otoñal de la vendimia: una pequeña obra maestra de la poesía judía, que debía resultar muy familiar a los oyentes de Jesús y gracias a la cual, como gracias a otras referencias de los profetas (cf. Os 10, 1; Jr 2, 21; Ez 17, 3-10; Ez 19, 10-14; Sal 79, 9-17), se comprendía bien que la viña indicaba a Israel. Dios dedica a su viña, al pueblo que ha elegido, los mismos cuidados que un esposo fiel reserva a su esposa (cf. Ez 16, 1-14; Ef 5, 25-33).
Por tanto, la imagen de la viña, junto con la de las bodas, describe el proyecto divino de la salvación y se presenta como una conmovedora alegoría de la alianza de Dios con su pueblo. En el evangelio, Jesús retoma el cántico de Isaías, pero lo adapta a sus oyentes y a la nueva hora de la historia de la salvación. Más que en la viña pone el acento en los viñadores, a quienes los "servidores" del propietario piden, en su nombre, el fruto del arrendamiento. Pero los servidores son maltratados e incluso asesinados.
¿Cómo no pensar en las vicisitudes del pueblo elegido y en la suerte reservada a los profetas enviados por Dios? Al final, el propietario de la viña hace un último intento: manda a su propio hijo, convencido de que al menos a él lo escucharán. En cambio, sucede lo contrario: los viñadores lo asesinan precisamente porque es el hijo, es decir, el heredero, convencidos de quedarse fácilmente con la viña. Por tanto, se trata de un salto de calidad con respecto a la acusación de violación de la justicia social, como aparece en el cántico de Isaías. Aquí vemos claramente cómo el desprecio de la orden impartida por el propietario se transforma en desprecio de él: no es una simple desobediencia de un precepto divino, es un verdadero rechazo de Dios: aparece el misterio de la cruz.
Lo que denuncia esta página evangélica interpela nuestro modo de pensar y de actuar. No habla sólo de la "hora" de Cristo, del misterio de la cruz en aquel momento, sino de la presencia de la cruz en todos los tiempos. De modo especial, interpela a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar a menudo la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. Como consecuencia de esto, Dios, aun sin faltar jamás a su promesa de salvación, ha tenido que recurrir con frecuencia al castigo.
En este contexto resulta espontáneo pensar en el primer anuncio del Evangelio, del que surgieron comunidades cristianas inicialmente florecientes, que después desaparecieron y hoy sólo se las recuerda en los libros de historia. ¿No podría suceder lo mismo en nuestra época? Naciones que en otro tiempo eran ricas en fe y en vocaciones ahora están perdiendo su identidad bajo el influjo deletéreo y destructor de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que "Dios ha muerto", se declara a sí mismo "dios", considerándose el único artífice de su destino, el propietario absoluto del mundo.
Desembarazándose de Dios, y sin esperar de él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que se le antoje y que puede ponerse como la única medida de sí mismo y de su obrar. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara "muerto" a Dios, ¿es verdaderamente más feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y dueños únicos de la creación, ¿pueden construir de verdad una sociedad donde reinen la libertad, la justicia y la paz? ¿No sucede más bien -como lo demuestra ampliamente la crónica diaria- que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y la explotación, la violencia en todas sus manifestaciones? Al final, el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida.
Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su suerte a los viñadores infieles, el propietario no renuncia a su viña y la confía a otros servidores fieles. Esto indica que, si en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. Precisamente por eso Jesús, citando el salmo 117: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (Sal 118, 22), asegura que su muerte no será la derrota de Dios. Tras su muerte no permanecerá en la tumba; más aún, precisamente lo que parecerá ser una derrota total marcará el inicio de una victoria definitiva. A su dolorosa pasión y muerte en la cruz seguirá la gloria de la resurrección. Entonces, la viña continuará produciendo uva y el dueño la arrendará "a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo" (Mt 21, 41).
La imagen de la viña, con sus implicaciones morales, doctrinales y espirituales aparecerá de nuevo en el discurso de la última Cena, cuando, al despedirse de los Apóstoles, el Señor dirá: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta; y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto" (Jn 15, 1-2). Por consiguiente, a partir del acontecimiento pascual la historia de la salvación experimentará un viraje decisivo, y sus protagonistas serán los "otros labradores" que, injertados como brotes elegidos en Cristo, verdadera vid, darán frutos abundantes de vida eterna (cf. Oración colecta). Entre estos "labradores" estamos también nosotros, injertados en Cristo, que quiso convertirse él mismo en la "verdadera vid". Pidamos al Señor, que nos da su sangre, que se nos da a sí mismo en la Eucaristía, que nos ayude a "dar fruto" para la vida eterna y para nuestro tiempo.
El mensaje consolador que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final vence Cristo. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta buena nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al Apóstol de los gentiles, el primero en difundir el Evangelio en vastas regiones de Asia menor y Europa. Renovaremos de modo significativo este anuncio durante la XII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, que tiene como tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia".
Aquí quiero saludaros con afecto cordial a todos vosotros, venerados padres sinodales, y a quienes participáis en este encuentro como expertos, auditores e invitados especiales. Además, me alegra acoger a los delegados fraternos de las otras Iglesias y comunidades eclesiales. Al secretario general del Sínodo de los obispos y a sus colaboradores les expreso la gratitud de todos nosotros por el arduo trabajo que han realizado durante estos meses, así como nuestros buenos deseos ante las fatigas que les esperan en las próximas semanas.
Cuando Dios habla, siempre pide una respuesta; su acción de salvación requiere la cooperación humana; su amor espera correspondencia. Que no suceda jamás, queridos hermanos y hermanas, lo que relata el texto bíblico apropósito de la viña: "Esperó que diese uvas, pero dio agrazones" (Is 5, 2). Sólo la Palabra de Dios puede cambiar en profundidad el corazón del hombre; por eso, es importante que tanto los creyentes como las comunidades entren en una intimidad cada vez mayor con ella. La Asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse con la palabra de Dios es para ella la tarea primera y fundamental. En efecto, si el anuncio del Evangelio constituye su razón de ser y su misión, es indispensable que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para que su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades y las pobrezas de los hombres que la componen. Sabemos, además, que el anuncio de la Palabra, siguiendo a Cristo, tiene como contenido el reino de Dios (cf. Mc 1, 14-15), pero el reino de Dios es la persona misma de Jesús, que con sus palabras y sus obras ofrece la salvación a los hombres de todas las épocas. Es interesante al respecto la consideración de san Jerónimo: "El que no conoce las Escrituras no conoce la fuerza de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo" (Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24, 17).
En este Año paulino oiremos resonar con particular urgencia el grito del Apóstol de los gentiles: "¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1Co 9, 16); grito que para todo cristiano se convierte en invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mt 9, 37), repite también hoy el Maestro divino: muchos aún no se han encontrado con él y están a la espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de haber recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo conservan un contacto superficial con la Palabra de Dios; y otros se han alejado de la práctica de la fe y necesitan una nueva evangelización. Además, no faltan personas de actitud correcta que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo pude dar respuestas satisfactorias. En esos casos es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén preparados para responder a quienes les pidan razón de su esperanza (cf. 1P 3, 15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin componendas el Evangelio.
Venerados y queridos hermanos, que el Señor nos ayude a interrogarnos juntos, durante las próximas semanas de trabajos sinodales, sobre cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro tiempo. Todos comprobamos cuán necesario es poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine todos los ámbitos de la humanidad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida.
Al participar en la celebración eucarística, experimentamos siempre el íntimo vínculo que existe entre el anuncio de la Palabra de Dios y el sacrificio eucarístico: es el mismo Misterio que se ofrece a nuestra contemplación. Por eso "la Iglesia -como puso de relieve el concilio Vaticano II- siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, sobre todo en la sagrada liturgia, y nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo" (Dei verbum, 21). El Concilio concluye con razón: "Como la vida de la Iglesia se desarrolla por la participación asidua del misterio eucarístico, así es de esperar que recibirá nuevo impulso de vida espiritual con la redoblada devoción a la Palabra de Dios, "que dura para siempre"" (ib., 26).
Que el Señor nos conceda acercarnos con fe a la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Que nos obtenga este don María santísima, que "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19). Que ella nos enseñe a escuchar las Escrituras y a meditarlas en un proceso interior de maduración, que jamás separe la inteligencia del corazón. Que también nos ayuden los santos, en particular el apóstol san Pablo, a quien durante este año estamos descubriendo cada vez más como intrépido testigo y heraldo de la Palabra de Dios. Amén.

DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica
Ciclo A. Vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario.
La Iglesia es la viña de Dios
755 "La Iglesia es labranza o campo de Dios (1Co 3, 9). En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rm 11, 13-26). El labrador del cielo la plantó como viña selecta (Mt 21, 33-43 par. ; cf. Is 5, 1- 7). La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en él por medio de la Iglesia y que sin él no podemos hacer nada (Jn 15, 1-5)".
Los dones y los frutos del Espíritu Santo
1830 La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.
1831 Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtud de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.
"Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana" (Sal 143, 10)
"Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios… Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo" (Rm 8, 14. 17).
1832 Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: "caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad" (Ga 5, 22-23, vulg.).
Los profetas son los siervos, Cristo es el Hijo
443 Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: "Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?", Jesús ha respondido: "Vosotros lo decís: yo soy" (Lc 22, 70; cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes, El se designó como el "Hijo" que conoce al Padre (cf. Mt 11, 27; Mt 21, 37-38), que es distinto de los "siervos" que Dios envió antes a su pueblo (cf. Mt 21, 34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24, 36). Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás "nuestro Padre" (cf. Mt 5, 48; Mt 6, 8; Mt 7, 21; Lc 11, 13) salvo para ordenarles "vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro" (Mt 6, 9); y subrayó esta distinción: "Mi Padre y vuestro Padre" (Jn 20, 17).

Se dice Credo. Dicitur Credo.
Oración de los fieles
231. Hermanos, sintiéndonos solidarios de las ansias y esperanzas de todos los hombres, dirijamos al Padre nuestra oración.
- Por la Iglesia: para que fiel a su Maestro, aparezca ante el mundo como sal dela tierra y luz que alumbra en las tinieblas. Roguemos al Señor.
- Por la paz del mundo: para que se alejen de los pueblos el hambre, las calamidades y las guerras. Roguemos al Señor.
- por todos los hombres del mundo que padecen hambre o enfermedad, por los emigrantes, los desterrados, por los privados de libertad y todos los que sufren. Roguemos al Señor.
- Por nosotros mismos: para que nuestras vidas se vayan transformando en testimonio transparente del amor de Dios. Roguemos al Señor.
Guarda, Padre, con amor a tu pueblo y concédenos lo que con fe te hemos pedido. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, el sacrificio establecido por ti y, por estos santos misterios que celebramos en razón de nuestro ministerio, perfecciona en nosotros como conviene la obra santificadora de tu redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Súscipe, quaesumus, Dómine, sacrifícia tuis institúta praecéptis, et sacris mystériis, quae débitae servitútis celebrámus offício, sanctificatiónem tuae nobis redemptiónis dignánter adímple. Per Christum.
PREFACIO VII DOMINICAL DEL TIEMPO ORDINARIO
La salvación, fruto de la obediencia de Cristo.
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, Y en todo lo quisiste semejante a nosotros, menos en el pecado, para poder así amar en nosotros lo que amabas en él. Con su obediencia has restaurado aquellos dones que por nuestra desobediencia habíamos perdido.
Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo:
Santo, Santo, Santo…
PRAEFATIO VII DE DOMINICIS PER ANNUM
De salute per obodientiam Christi
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus:
Quia sic mundum misericórditer dilexísti, ut ipsum nobis mítteres Redemptórem, quem absque peccáto in nostra voluísti similitúdine conversári, ut amáres in nobis quod diligébas in Fílio, cuius obodiéntia sumus ad tua dona reparáti, quae per inobodiéntiam amiserámus peccándo.
Unde et nos, Dómine, cum Angelis et Sanctis univérsis tibi confitémur, in exsultatióne dicéntes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA III. PREX EUCHARISTICA III.
Antífona de la comunión Cf. Lam 3, 25
El Señor es bueno para quienes esperan en él, para quien lo busca.
O bien: Cf. 1Cor 10, 17
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan y participamos del mismo cáliz.
Antiphona ad communionem Lm 3, 25
Bonus est Dóminus sperántibus in eum, ánimae quaerénti illum.
Vel: Cf. 1Co 10, 17
Unus panis et unum corpus multi sumus, omnes qui de uno pane et de uno cálice participámus.
Oración después de la comunión
Concédenos, Dios todopoderoso, que nos alimentemos y saciemos en los sacramentos recibidos, hasta que nos transformemos en lo que hemos tomado. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Concéde nobis, omnípotens Deus, ut de percéptis sacraméntis inebriémur atque pascámur, quátenus in id quod súmimus transeámus. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 9 de octubre de 2017
S
an Dionisio, obispo, y compañeros, mártires
, de los cuales la tradición quiere que el primero, enviado por el Romano Pontífice a la Galia, fuese el primer obispo de París, y que junto con el presbítero Rústico y el diácono Eleuterio, padeciesen en las afueras de la ciudad (s. III).
San Juan Leonardi, presbítero, que dejó la ciudad de Luca, en la Toscana, donde ejercía como farmacéutico, para llegar a ser sacerdote, y con el fin de enseñar a los niños la doctrina cristiana, restaurar la vida apostólica del clero y propagar la fe cristiana, instituyó la Orden de Clérigos Regulares, más tarde llamados de la Madre de Dios, debiendo sufrir por ello muchas contradicciones. También inició el Colegio de Propaganda Fide, en el que, agotado por los trabajos, descansó piadosamente (1609).
3. Conmemoración de san Abrahán, patriarca y padre de todos los creyentes, que, llamado por Dios, salió de su patria, la ciudad de Ur de Caldea, y peregrinó por la tierra que Dios había prometido a él y a sus descendientes. Manifestó toda su fe en Dios, esperando contra toda esperanza al no negarse a ofrecer en sacrificio al hijo unigénito, Isaac, que el Señor le había dado, ya anciano, de su esposa Sara.
4. En Laodicea, de Siria, pasión de los santos Diodoro, Diomedes y Dídimo (s. inc.).
5. En la ciudad llamada Julia (hoy Fidenza), en el territorio de Parma, en la vía Claudia, san Domino, mártir (s. IV).
6. En Antioquía, de Siria, conmemoración de santa Publia, que, al morir su marido, entró en un monasterio, y mientras cantaba con sus compañeras vírgenes las palabras del salmo «los ídolos de los gentiles son oro y plata» y «sean semejantes los que los hacen», al pasar allí el emperador Juliano el Apóstata ordenó que la abofeteasen y reprendiesen con aspereza (s. IV).
7*. En la región de Bigorre (Saint-Savin-de-Lavedan), a los pies de los montes Pirineos, san Sabino, eremita, que ilustró la vida monástica en Aquitania (s. V).
8*. En Tiferno, junto al Tíber (hoy Città di Castello), en la Umbría, san Domnino, eremita (610).
9. En la región de Hainaut, en Austrasia, san Gisleno, que vivió como monje en una celda que él mismo se había construido (s. VII).
10. En el monasterio de Montecasino, san Deusdedit, abad, que fue encarcelado por el tirano Sicardo y, consumido por el hambre y las privaciones, entregó su espíritu a Dios (834).
11*. En el monasterio de Brevnov, en Bohemia, san Guntero, eremita, que, abandonando los bienes de la tierra, abrazó la vida monástica y, más tarde, se retiró a la soledad de los bosques situados entre Baviera y Bohemia, viviendo y muriendo desligado de todo, pero al mismo tiempo muy unido a Dios y a los hombres (1045).
12*. En el monasterio de Montsalvy, en Francia, san Bernardo de Rodez, abad de los canónigos regulares de ese cenobio (1110).
13. En Valencia, en España, san Luis Bertrán, presbítero de la Orden de Predicadores, que en América meridional predicó el evangelio de Cristo y defendió a varios pueblos indígenas (1581).
14. En la localidad de Turón, en la región española de Asturias, santos mártires Inocencio de la Inmaculada (Manuel) Canoura Arnau, presbítero de la Congregación de la Pasión, y ocho compañeros (Sus nombres son: santos Cirilo Bertrán (José) Sanz Tejidor, Marciano José (Filomeno) López López, Victoriano Pío (Claudio) Bernabé Cano, Julián Alfredo (Vilfrido) Fernández Zapico, Benjamín Julián (Vicente) Alonso Andrés, Augusto Andrés (Román) Martín Fernández, Benito de Jesús (Héctor) Valdivieso Sáez y Aniceto Adolfo (Manuel) Seco Gutiérrez), de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que, durante la revolución, en odio a la fe fueron asesinados sin juicio previo, alcanzando así la victoria (1934).